Bien está que los proyectos agonicen y se mueran. Y bien está que quieran, a veces y sin venir a cuento, pretender mutar y/o querer resucitar.
¿Tenía un propósito claro cuando abrí el Quemarropa? ¿Por qué precisamente este blog, con este formato y sometiéndome a unos condicionantes tan restrictivos? La última entrada es de principios de noviembre: lleva por tanto los suficientes meses en hibernación como para que pueda permitirme analizarlo con distancia.
Creo que quería manosear y retorcer la estética de la reseña cultural; pervertirla, violentarla. Si mal no recuerdo, me apetecía jugar con sus límites. Estoy casi seguro de que, en algún momento, mi propósito inquebrantable era desarrollar un tipo de comentario de alta carga estética, que no se permite en la crítica periodística convencional. Hacer literatura, ningunear la obra presuntamente comentada: escribir reseñas como quien escribe ficciones.
La brevedad era un aliciente en el tonto desafío que me planteaba a mí mismo. Y la diversificación disciplinar, una muestra de honradez, considerando el modo desordenado en el que la mayoría leemos hoy en día.
Considero que a veces lo conseguí. A veces el texto no se parecía en nada, como debía ser, a la película/libro/tebeo. Y a veces, era perfectamente convencional, publicable.
…
Ahora quiero seguir. Pero de otra forma, con otro tono. Quiero escribir deprisa, tecleando sin lagunas de reflexión entre los caracteres, soltando el lastre, dejando de contar las palabras, de calcular los contornos y medir la longitud de las frases. Quiero escribir con puntos y aparte.
Voy, vuelvo.
Han pasado tantas cosas en los últimos meses. Es imprescindible que lo personal se cuele siempre en lo que uno pone por escrito; creo. Y como no estoy seguro, lo voy a comprobar.
Hay intuiciones que todavía no me he confirmado a mí mismo. Y los días/años pasan. Seguro que hay quien no soporta las cosas que escribo, pero yo creo en el valor de mi ingenuidad. No me importa equivocarme e insistir en mi equivocación: me gusta y me complace mi propia honestidad, cuando comento las cosas que voy leyendo.
…
Fue en una mañana de hace un par de semanas, en una mañana primaveral de febrero, cuando me llegó la idea-relámpago de reactivar el Quemarropa.
Me fui a caminar a la playa. Era un día de entre semana, un laborable, y el paseo marítimo estaba perfectamente vacío. El cielo radiante y la atmósfera despejada.
Llevaba un libro, una gruesa novelita policial, El ángel negro de John Connolly, y después de leer un rato, me recosté en una de las gruesas vallas de yeso que cercan la arena, con los ojos entrecerrados, a saborear la brisa quizás excesivamente fresca para la manga corta.
Y aunque ya había decidido no volver a escribir en el Quemarropa y quizás eliminarlo, saboreando la somnolencia, recostado, sin abrir los ojos, me llegó la idea de retomarlo y cómo hacerlo. Sin esperarlo, sin haber meditado en ello durante semanas, me llegó todo bien explicadito, como en un rayo.
…
Este blog es un diario de lecturas. Es por tanto, un catálogo de fragmentaciones y un registro de anhelos; también un patio de recreo para jugar al balonvolea de la estética. Probemos, tecleemos.
Del mismo modo, quiero introducir en el Quemarropa, con mesura, con pudor, la anotación autobiográfica.
Hola. Abro los ojos.
…
El ángel negro: novela de detective con elementos sobrenaturales. Creo que Chesterton iba de esto, pero nunca he conseguido ponerme en serio con Chesterton. Me fascinan los best-sellers; especialmente en edición de bolsillo. (Esto sirve para Terry Pratchett, Saramago o Fernández Mallo; o para Larsson, que acaba de publicarse por fin en bolsillo, en mi país.) Valoro la ambición de John Connolly de escribir con honestidad una serie detectivesca en pleno 2000. Aunque se escamotean demasiado los elementos sobrenaturales que intrigan al lector en la contratapa, su libro se lee bien y durante un par de cientos de páginas no tiene uno la impresión de estar perdiendo el tiempo. Satisfactoria descripción de ambientes sórdidos: Nueva York, ciudad de flores sucias y proxenetas. Un engendro del infierno que enciende una bombilla a lo Stephen King en esta historia de sobrina descarriada; Brighwell se llama el personaje, obeso surgido del noveno círculo: convincente.
…
Y anoche vi Buried. Es una película tramposa y complicada, una irrealizable fantasía realizada. Qué duda cabe de la simpatía que uno puede sentir por sus artífices. Pero creo que era imposible que semejante experimento tuviese buen resultado. Solo conseguí entrar en el relato pasada más de una hora de metraje; antes todo me parecía un fingimiento: el pavo encerrado en el ataúd, el teléfono móvil, los diálogos, el malvado secuestrador y la perversa empresa contratante. No puedes sentir empatía por un personaje a quien no conoces; te da igual que lo hayan enterrado vivo. El final, realmente opresivo y ya teñido por el malestar emocional ante el destino del pobre Paul, sintetiza muy bien el resto de la película. Enhorabuena a los creadores de esta quimera; por ser capaces de soñarla y, sobre todo, de hacerla real, aunque resulte mayormente inverosímil.